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Capítulo 2: El lobby del edificio Serrano

POV: Valentina

Hay una ironía específica en dar una charla sobre liderazgo femenino con un testamento en el bolso que dice que necesitas un marido para conservar tu empresa.

Esa ironía tiene nombre: se llama mi vida, buenos días.

El edificio Serrano es el tipo de espacio que Aldenvera construye cuando quiere parecer progresista. Techos altos, luz natural, el nombre de tres mujeres en la placa de fundadores junto a ocho hombres, como si la proporción fuera un logro y no exactamente el problema que llevamos décadas señalando.

Un auditorio en el cuarto piso donde cada año me invitan a hablar sobre autonomía económica femenina ante doscientas personas que pagan entrada para escucharme.

Me presentan con una lista de logros que tarda dos minutos en leerse.

Siempre termina igual: "Una de las voces más influyentes del liderazgo femenino en la región."

Esta mañana esa frase me suena a sarcasmo del universo con producción de alto presupuesto.

Pero aquí estoy. Traje negro, tacones que son técnicamente un argumento, y la página dieciséis doblada en mi bolso como una bomba de tiempo que ninguna de estas doscientas personas sabe que existe.

Cancelar no era una opción.

La charla dura cincuenta minutos.

Hablo sobre decisiones financieras, sobre construir desde cero, sobre los mecanismos específicos con que los espacios de poder siguen expulsando mujeres con una eficiencia que merece más reconocimiento académico del que recibe.

En la tercera fila hay un hombre que asiente con la cabeza cada vez que digo algo sobre independencia femenina, con esa energía específica de quien quiere que yo lo vea asentir.

Lo veo.

No le suma puntos.

Y entonces, en el minuto treinta y ocho, digo la frase que digo siempre en esta parte de la charla: "La autonomía no se negocia. O la tienes completa o no la tienes."

Es una buena frase.

La dije doce veces en distintos auditorios y siempre funciona.

Esta vez, mientras la digo, algo en mi cabeza hace un ruido muy pequeño que suena sospechosamente a contradicción.

Porque yo, Valentina Monteclair, que acaba de decir que la autonomía no se negocia, estoy considerando activamente casarme con alguien en los próximos noventa días para conservar lo que es mío.

Lo que es, objetivamente, una negociación.

De la autonomía.

Sigo hablando.

El público no nota nada.

Yo noto todo.

En el minuto cuarenta y dos pierdo el hilo un segundo, dos como máximo, donde la frase que venía se desconecta de la frase que está y me quedo en el aire con la boca levemente abierta y doscientas personas mirando.

Una mujer en la quinta fila inclina la cabeza.

Me recupero.

Pero ese segundo existió.

Cierro con la frase de siempre, algo sobre que el techo de cristal no se rompe con paciencia sino con la determinación metódica de quien sabe exactamente a qué altura está y cuánta fuerza necesita.

El auditorio se pone de pie.

Pienso: cuánta fuerza necesita.

Noventa días.

Bajo del escenario.

Respondo tres preguntas con la precisión de quien tiene el tiempo medido. Una mujer joven me dice que mi charla le cambió la perspectiva sobre su carrera.

Le digo que me alegra.

Lo digo con toda la calidez disponible.

Por dentro calculo cuántos días hábiles tienen noventa días calendario y llego a sesenta y cuatro, que es un número que no me gusta nada.

Avanzo hacia la salida.

El lobby está casi vacío.

La recepcionista. Dos personas esperando el ascensor. Un hombre de espaldas revisando su teléfono cerca de la puerta.

Camino hacia la salida.

El hombre guarda el teléfono y se da vuelta.

Sebastian Varel.

Lo reconozco antes de que nuestras miradas se crucen porque Sebastian Varel es el tipo de persona que se reconoce antes de ver la cara, con esa presencia de quien ocupa el espacio de una manera que el resto tiene que aprender y él aparentemente nunca tuvo que estudiar.

CEO de Varel Industries. Mi competidor más consistente en tecnología. El hombre cuya propuesta de fusión rechacé hace dos años en veinte minutos con un argumento que no pudo rebatir y una frase final que claramente no olvidó, porque la cara que puso al salir todavía me produce una satisfacción que guardo para los días difíciles.

Hoy es un día difícil.

No pienso en eso.

Nos miramos.

El lobby tiene distancia suficiente para que ninguno tenga obligación de hacer nada. Un asentimiento, el reconocimiento educado de dos personas que se conocen por reputación, y cada uno sigue su camino.

Eso es lo que ocurre normalmente.

Lo que ocurre hoy es que Sebastian Varel no aparta la mirada.

No de manera agresiva. No de manera que yo pueda catalogar como provocación. Simplemente me mira con la misma atención con que yo lo miro a él, durante un segundo que dura exactamente lo que duran los segundos cuando alguien decide no hacer lo que se supone que tiene que hacer.

Y en ese segundo, sin que yo lo haya pedido ni autorizado ni considerado remotamente posible, mi cerebro produce un pensamiento que no tiene ninguna relación con los noventa días ni con el testamento ni con Rodrigo ni con nada que sea relevante para mi situación actual.

El pensamiento es: este hombre nunca me tuvo miedo.

No en la reunión de hace dos años. No ahora en este lobby. Nunca.

Todo el mundo en Aldenvera, en algún momento, en algún grado, me tiene miedo.

Sebastian Varel no.

Y eso, en el contexto de un miércoles donde mi abuelo acaba de decirme desde la tumba que necesito un marido, es un dato que no sé dónde poner.

Luego Sebastian se mueve hacia la salida.

Paso a su lado sin decir nada.

Él tampoco dice nada.

Afuera mi chofer espera en doble fila.

Me subo.

Saco el teléfono.

Camila a los cuatro minutos exactos: "Ya estoy en la oficina. Traje café y encontré una playlist que se llama 'nuevos comienzos'. ¿La pongo?"

Yo: "No."

Camila: "También tengo 'decisiones valientes'. ¿Tampoco?"

Yo: "Camila."

Camila: "Silencio total. Ya. Aunque la de 'decisiones valientes' tenía una canción muy buena de—"

Yo: "Camila."

Camila: "Saliendo del chat."

El auto avanza por el tráfico de Aldenvera.

Miro por la ventana los rascacielos de esta ciudad que mi abuelo ayudó a construir.

Noventa días.

La autonomía no se negocia, dije hace veinte minutos ante doscientas personas de pie.

Sebastian Varel nunca me tuvo miedo.

Esos dos pensamientos no tienen ninguna relación entre sí.

Ninguna.

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