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Capítulo 9: La historia de origen

POV: Valentina

A las siete cuarenta y dos de la mañana siguiente mi teléfono tiene catorce notificaciones.

Tres son de trabajo.

Once son variaciones del mismo mensaje con distintas palabras y el mismo contenido, que se puede resumir en: vi la foto, cuéntame todo, inmediatamente.

La foto existe desde las once y cuarto de la noche anterior, cuando Diego Fuentes la subió a la red social corporativa de la ciudad con el pie de foto más escueto y más devastadoramente eficiente que alguien pudo haber elegido:

«Sorpresas de la noche.»

Cuatro palabras.

Catorce notificaciones.

Me sirvo el café, me siento en la isla de la cocina de mi penthouse, y la abro.

Somos Sebastian y yo. De perfil, en el segundo en que su mano llega a mi espalda y yo giro levemente hacia él con la expresión de alguien que acaba de escuchar algo interesante.

Que es la expresión que tenía porque Sebastian acababa de decirme algo sobre Diego Fuentes que resultó ser completamente correcto.

El problema, o la ventaja dependiendo de cómo se mire, es que la foto no parece lo que es.

La foto parece exactamente lo que necesitamos que parezca.

Los dos juntos, en un evento lleno de gente, con una proximidad y una atención mutua que Aldenvera va a leer de una sola manera porque Aldenvera siempre lee las fotos de una sola manera y esa manera es la más interesante disponible.

Tiene en este momento cuatrocientos diecisiete comentarios. Los leo con la atención de quien revisa un reporte de resultados: el tono general, los nombres que aparecen, las preguntas que nadie responde todavía. El patrón es consistente. Aldenvera no nos vio venir. Eso basta.

El teléfono vibra.

Sebastian: «¿Viste la reacción?»

La estoy viendo, escribo.

Cierro el chat.

Me termino el café. A las ocho y cuarto estoy en la oficina.

A las nueve Camila entra a mi oficina con dos cafés, una tablet con la foto abierta, y la expresión de alguien que lleva desde las siete de la mañana conteniendo algo que va a explotar en los próximos treinta segundos.

Le doy exactamente cinco.

—Jefa —dice Camila.

—Buenos días, Camila.

—La foto.

—La vi.

—Son ustedes.

—Somos nosotros.

—Están muy...

—Camila.

—Solo iba a decir que están muy bien en la foto.

—Gracias.

—Los dos.

—Camila.

—Saliendo.

Sale.

Vuelve a entrar.

—¿Puedo preguntar una cosa?

—No.

—Es una cosa pequeña.

—No.

—Sobre la foto.

—Camila.

—Saliendo de verdad.

La puerta se cierra.

Veinte segundos después se abre exactamente lo suficiente para que entre un brazo con un post-it que dice: «La carpeta roja tenía razón.»

La puerta se cierra.

Me quedo mirando el post-it.

Camila Rojas lleva cuatro años siendo la persona más eficiente y más absolutamente imposible de mi vida profesional.

Hoy más que nunca.

Las reacciones llegan en orden de cercanía e intensidad.

Renata es la primera de las amigas en escribir y lo hace con la energía de alguien a quien le acaban de cambiar el guion de una película que creía conocer de memoria.

«VALENTINA MONTCLAIR EXPLÍCAME ESTA FOTO INMEDIATAMENTE»

Todo en mayúsculas. Con el nombre mal escrito, lo cual en Renata significa que escribió antes de que el autocorrector pudiera hacer nada.

Lucía manda un mensaje cuatro minutos después que dice solamente: «Qué bien se ve.»

Dos palabras. Sin signos de exclamación. Con la serenidad de alguien que ya lo sabía o que es demasiado elegante para admitir que no lo sabía.

Daniela no escribe nada hasta las once de la mañana, cuando manda: «Almorzamos esta semana. Y no es una sugerencia.»

Daniela nunca hace sugerencias.

Les respondo a las tres con el mismo mensaje: «Todo bajo control.»

Renata responde con ocho signos de interrogación y un audio de cuarenta segundos que no abro porque sé exactamente lo que dice y no tengo tiempo para esa conversación antes del mediodía.

Lucía con un emoji de corazón.

Daniela no responde, lo cual en Daniela significa que está procesando información y que el almuerzo va a ser largo.

La reacción que no esperaba llega a las diez y media.

Mi madre.

No por mensaje. Por llamada, que en Adriana Monteclair es la señal de que el tema no cabe en texto.

—Valentina.

—Mamá.

—Vi la foto.

—Todo Aldenvera vio la foto, mamá.

—Sebastian Varel —dice mi madre, con el tono de alguien pronunciando un nombre que lleva horas evaluando desde distintos ángulos—. ¿Desde cuándo?

Y ahí está la pregunta.

La pregunta para la que Sebastian y yo construimos una respuesta la semana anterior en una reunión de tres horas que incluyó una línea de tiempo, tres versiones distintas de la historia de origen y un acuerdo sobre qué detalles podemos confirmar y cuáles dejamos en el misterio estratégico que Aldenvera va a llenar sola.

—Hace un tiempo —digo.

—¿Cuánto tiempo?

—El suficiente.

Silencio de mi madre.

El tipo de silencio de Adriana Monteclair que en treinta y dos años aprendí a leer con la precisión de un sismógrafo: no es desaprobación, es procesamiento activo.

—Es muy bien parecido —dice finalmente, con el tono de quien acaba de tomar una decisión sobre algo.

—Mamá.

—Solo lo menciono.

—Ya lo mencionaste.

—Tu abuelo lo hubiera encontrado interesante —dice.

Y eso, viniendo de Adriana Monteclair, que mide sus palabras con la precisión de alguien que aprendió que las palabras tienen consecuencias, es lo más cercano a una bendición que voy a recibir esta semana.

—Te llamo después —digo.

—El domingo comemos en casa —dice ella.

No es una invitación.

La reacción de Rodrigo llega a las doce y cuarto.

Un mensaje.

«Prima. Qué sorpresa la de anoche. Sebastian Varel, precisamente. No lo hubiera imaginado.»

Tres oraciones.

La primera falsa, la segunda verdadera, y la tercera que es las dos cosas al mismo tiempo, que es exactamente la especialidad de Rodrigo Monteclair desde que tenía diez años y aprendió que la ambigüedad es más útil que la claridad cuando uno no tiene intención de ser claro. El "precisamente" lo dice todo sin decir nada. Rodrigo no está sorprendido. Rodrigo está inventariando.

Le respondo: «La vida sorprende, Rodrigo.»

Guardo el teléfono.

Por la ventana de mi oficina Aldenvera sigue siendo la misma ciudad de siempre: rascacielos, tráfico, ambición circulando a velocidad de banda ancha en todas las direcciones posibles.

Excepto que esta mañana Aldenvera tiene una historia nueva.

Y la historia somos Sebastian y yo.

Y la construimos nosotros.

Y Rodrigo Monteclair, que lleva años esperando una grieta, acaba de ver exactamente lo que necesitamos que vea.

Mi teléfono vibra.

Sebastian: «¿Rodrigo reaccionó?»

«Me escribió a las doce y cuarto.»

«¿Y?»

«Que la vida sorprende.»

«Perfecto.» Tarda un segundo más de lo habitual en escribirlo.

Una palabra con un segundo de más. Cierro el chat. Abro la foto. La cierro.

El plan funciona.

Eso debería ser suficiente para esta mañana.

Guardo el teléfono. Lo vuelvo a agarrar. La foto sigue siendo la misma. Afuera Aldenvera sigue llenando los comentarios con exactamente lo que dejamos espacio para que pusiera. Todo según el plan. Todo perfectamente ejecutado.

La foto sigue siendo la misma. Lo que cambia es la forma en que la estoy mirando.

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