El amanecer se filtraba con timidez entre los ventanales del penthouse. La ciudad aún despertaba, con sus luces titilando como si se resistieran a apagarse por completo. El cielo, teñido de tonos coral y lavanda, parecía prometer un día distinto… o al menos, uno que no pasaría desapercibido.
Tiago estaba sentado en el borde de su cama, sin camisa, con los codos apoyados sobre las rodillas y el cabello alborotado por una noche inquieta. No había dormido mucho. En su pecho aún latía una mezcla de