Un año después.
El sol bañaba el jardín con una luz dorada y suave, como si quisiera bendecir cada rincón de aquella mañana de primavera. El aire olía a flores frescas, a césped recién cortado y a la fragancia ligera que desprendían las macetas de lavanda alineadas a lo largo del sendero de piedra. La brisa era cálida, pero juguetona, movía las hojas de los naranjos y hacía que los pétalos blancos que caían de los rosales se mecieran en el aire como copos de nieve de verano.
Jimena, vestida con