El sol se ocultaba lentamente, tiñendo el cielo de tonos ámbar y carmesí.
Tiago bajó del coche con una ligera sonrisa en los labios y el cuerpo aún vibrando por la jornada que había tenido junto a Gabriel. El día había estado cargado de pruebas, conversaciones con sastres y largas comparaciones de telas, cortes y detalles que parecían insignificantes, pero que, para él, formaban parte de algo mucho más grande: su promesa de estar impecable para el día en que uniría su vida a la de Jimena.
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