El sonido del motor rugía suavemente mientras el Porsche negro se deslizaba por las colinas de la ciudad, alejándose del concreto, del brillo artificial, de las miradas que lo seguían a diario. A cada kilómetro, la tensión urbana se diluía en un paisaje más sereno, donde los árboles altos filtraban la luna entre sus ramas y el silencio parecía tener un lenguaje propio.
Tiago conducía con una mano en el volante y una sonrisa apenas dibujada en el rostro. Una de esas sonrisas que no nacen de un c