La noche envolvía la ciudad como una manta densa y silenciosa. Las luces de los rascacielos titilaban a lo lejos, frías, lejanas, como estrellas indiferentes. En lo alto de una colina, alejada del ruido y del tránsito, la mansión Dávila parecía un castillo de cristal, elegante, impoluto… y terriblemente vacío.
Jimena abrió la puerta con lentitud, dejando atrás la oscuridad del auto y entrando en otra oscuridad más íntima: la de su propia casa. Apenas cruzó el umbral, soltó un suspiro largo, cer