La mañana se desplegaba en tonos grises y fríos, como si el cielo supiera que alguien en el último piso de la torre Dávila estaba tratando de congelar un incendio.
Jimena llegó más temprano que de costumbre. Su conjunto negro era una segunda piel que exudaba poder. Los labios, teñidos de rojo carmín, contrastaban con la palidez de la mañana. El cabello, recogido en un moño bajo sin un solo cabello fuera de lugar, era una declaración silenciosa: estoy en control.
Su perfume flotaba en el aire an