La tarde había caído sobre la ciudad como una cortina de terciopelo. Afuera, las luces de los edificios comenzaban a encenderse una a una, reflejándose en las calles húmedas por una llovizna ligera que había refrescado el aire.
En el salón principal del hotel donde tendría lugar la inauguración, todo estaba listo. La iluminación cálida bañaba las paredes recubiertas de paneles de madera y detalles dorados; las lámparas de araña, con cientos de cristales finamente tallados, dispersaban destellos