La semana previa a la inauguración fue un torbellino de actividad.
En las oficinas, los pasillos bullían con un ir y venir de empleados cargando carpetas, conectando cables y revisando tablets. El aire tenía ese aroma mezcla de café recién hecho y tinta de impresoras que caracterizaba los días de grandes preparativos.
En la sala de juntas del piso treinta y dos, Tiago estaba rodeado de papeles, un portátil abierto y varias botellas de agua mineral. Frente a él, un proyector mostraba el esquema