La oficina de Jimena estaba sumida en un silencio pulcro, interrumpido solo por el zumbido grave del aire acondicionado y el tic-tac de un reloj minimalista colgado en la pared. Desde el ventanal panorámico, la ciudad amanecía con un cielo despejado, teñido de un azul limpio que contrastaba con el gris metálico de los edificios.
Era el tercer día desde que había despedido a Tiago. El tercer día en que la ausencia de su voz, de sus pasos seguros por los pasillos, se había convertido en una prese