Llevé a Catalina de regreso por el pasillo, hacia la sala, con mis pasos medidos y deliberados. La casa de campo siempre se había sentido como un mundo diferente al de la mansión. Diferente, pero de formas más calmadas. Más silenciosa, menos fortificada, más habitada.
La luz del sol se filtraba a través de las altas ventanas, proyectando patrones cálidos sobre los pisos de madera. Catalina caminaba a mi lado, con la postura rígida, claramente todavía irritada por nuestra conversación en el saló