Seguí a Catalina más adentro de la casa sin decir una palabra.
El pasillo se extendía largo y soleado, alineado con fotografías enmarcadas y plantas en macetas que parecían haber sido cuidadas con esmero en lugar de por manos contratadas. Mis zapatos hacían sonidos suaves contra los pisos de madera. Conocía bien este lugar. Era la casa de campo que su esposo mantenía para cuando los negocios lo traían a México. Tranquila. Privada. Lo bastante lejos de la ciudad como para sentirse como un escape