—Tienes dos días, Alice. Pagas la renta o te largas. Yo también tengo cuentas y responsabilidades que atender, ¿sabes? No quiero excusas.La voz del casero era filosa, como el chasquido de un látigo en el aire viciado del pequeño departamento, retumbando desde la puerta principal. Sus ojos pasaron de largo sobre mí, inspeccionando el sofá hundido y las cortinas desgastadas, para luego fijarse en la mujer delgada que estaba detrás de mi hombro. Seguí su mirada; literalmente la estaba analizando de arriba abajo. ¡Pedazo de cerdo!Qué maldita forma de empezar la semana. A ver, anoche me llamó una amiga para ir a una fiesta. Fue una noche larga, no recuerdo mucho. El punto es que llegué tardísimo a casa, solo para que me despertaran unos golpes violentos en la puerta. Suertuda yo: era el casero.—Lo estoy intentando, señor. No ha sido un mes fácil económicamente, usted sabe. Pero le prometo que tendré su dinero para el final de la semana —dije con toda la confianza que pude reunir, aunque
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