Estaba acostada de espaldas en la cama de la habitación que Catalina me había dado, mirando el ventilador del techo girar con pereza arriba. Era la tercera noche de mi estancia y la de Alex en casa de su hermana. Y tenía que admitirlo: la había pasado de maravilla. Del tipo de días fáciles y ligeros que no había experimentado en años.
La rutina de ejercicios de pilates que Catalina me había guiado esa tarde todavía permanecía en mis músculos. Suaves estiramientos de gato-vaca sobre el césped bl