Para las 7:20 a.m. me dirigí a la sala de visitas.
Brenda ya estaba sentada, con las piernas cruzadas, viéndose exactamente como la mujer que creía que el mundo todavía le debía algo. En la mesa lateral había un plato de galletas y un vaso de jugo. Eso era todo lo lejos que estaba dispuesto a llegar en atenciones.
—¿Sabes qué es lo más ridículo? —comenzó a decir en cuanto puse un pie adentro—. Soy la madre de Carlitos y Serena, y aun así me tratas como si fuera un estorbo.
—Es porque lo eres, B