ASTRID
El sonido de voces me despertaron de pronto. Alguien se hablaba y movía abajo.
Me incorporé con cuidado, asegurándome de no despertar a Antony, que dormía profundamente a mi lado, arropado hasta las orejas.
El clima en esta zona era mucho más frío que en casa; hasta el aliento se hacía visible con cada exhalación. Me puse una sudadera gruesa, unas botas, y salí sigilosamente de la habitación.
La madera vieja de las escaleras rechinó apenas bajé el primer peldaño, pero los pasos en la pl