MAGNUS
—¡Son unos inútiles! —rugí, con los puños cerrados, golpeando la mesa de madera que estaba en el centro de la cabaña. Varias tazas cayeron al suelo y una se rompió. No me importó.
Claudia ni se inmutó.
—Estamos haciendo todo lo posible, Magnus. Pero Ingrid es astuta. Siempre lo ha sido. No podemos actuar a ciegas.
—¿A ciegas? —repetí con amargura, caminando de un lado a otro—. ¡Llevan semanas diciendo lo mismo! “Lo estamos intentando”, “Estamos cerca”, “Solo falta un paso”. ¡Pero Ingrid