La figura en el umbral de la puerta no era una sombra, ni un espectro, ni siquiera una visión fantasmal; era completamente real, pero había algo inconfundiblemente extraño en su presencia. Los bordes de su silueta parecían desdibujarse con la oscuridad que la rodeaba, como si fuera parte de ella. Vladislav sintió una presión cada vez mayor en el pecho, y sus instintos de licántropo se dispararon al reconocer que esta presencia al igual a la anterior estaba más allá de lo que él podía entender.