El aire en la mansión estaba tenso, casi como si el propio espacio se hubiera vuelto más denso, más cargado de energía. Vladislav se acercó al centro del espacio donde habían comenzado el ritual. Los círculos que Eryndor había trazado en el suelo brillaban débilmente, habían bajado la intensidad. Todo estaba dispuesto según el plan que Eryndor les había explicado y estaba escrito por los ancestros que había prometido el cumplimiento de la profecía: la Luna Azul comenzaba a elevarse en el cielo nocturno, marcando el momento exacto para que el enlace entre Vladislav y Adara terminara de sellarse.
Adara se encontraba al borde del círculo. Su cuerpo estaba tenso, pero sus ojos estaban fijos en Vladislav, buscando algún tipo de certeza en él, algo que le dijera que todo estaba bien, sobre todo después de la desagradable experiencia de la visita de los dos seres extraños. No vio nada raro en él. La determinación que compartían era la misma: pura decisión y deseos de continuar.
Vladislav, c