La cabaña estaba oscura. Solo la luz de una lámpara colgada cerca de la ventana, iluminaba de manera irregular las paredes de madera rustica. El olor a tierra y humedad era denso, y la atmósfera, impregnada por el aire helado que se colaba por las rendijas, era opresiva.
Ionela despertó lentamente. Se sentía perdida, desorientada, su mente se encontraba aún nublada por la confusión y el dolor de cabeza. La cabeza le daba vueltas, y el malestar en su estómago la hizo jadear. Cuando logró que su