El aire afuera seguía oprimido por la tormenta. Las calles estaban húmedas, brillantes bajo el resplandor tembloroso de los faroles. Adara apenas sentía el peso de su propio cuerpo; todo se sostenía en una especie de inercia que la arrastraba detrás de Eryndor. Él no la miraba, no la tocaba, no explicaba nada. Solo caminaba, decidido, como si cada paso tuviera un objetivo que ella aún no alcanzaba a comprender.
Eryndor comenzó a caminar a su lado en silencio, sosteniéndola suavemente del antebr