El aire afuera seguía oprimido por la tormenta. Las calles estaban húmedas, brillantes bajo el resplandor tembloroso de los faroles. Adara apenas sentía el peso de su propio cuerpo; todo se sostenía en una especie de inercia que la arrastraba detrás de Eryndor. Él no la miraba, no la tocaba, no explicaba nada. Solo caminaba, decidido, como si cada paso tuviera un objetivo que ella aún no alcanzaba a comprender.
Eryndor comenzó a caminar a su lado en silencio, sosteniéndola suavemente del antebrazo cada vez que sus pasos flaqueaban. No la apuraba; avanzaba al ritmo en que ella lograba mantenerse en pie, atento a cada respiración irregular, a cada parpadeo lento que delataba que aún no terminaba de regresar del todo.
El viento frío de la noche golpeaba contra sus rostros, pero él apenas parecía sentirlo: toda su concentración estaba puesta en ella, en la forma en que su mirada intentaba reenfocarse, en la tensión involuntaria de sus dedos.
Por momentos, Adara parecía estar ahí, presen