Adara caminaba sin ver, sin sentir, sin pensar.
La ciudad se movía alrededor de ella como un reflejo torcido detrás de un cristal empañado. Las luces de los autos eran manchas, los sonidos se volvían ecos distantes. Todo parecía alejarse, como si alguien hubiera soltado la cuerda que la mantenía unida al mundo.
Su pecho ardía. Pero ya no era dolor emocional. No. Esto era distinto. Un latido irregular. Un pulso errático. Un retorcimiento interno que no tenía nombre.
Jazz gimió dentro de ella, débil.
«Adara… no te detengas. No te detengas. Algo viene…».
Pero Adara no podía escucharla del todo. Era como si hubiera una pared entre ellas; una pared hecha de dolor y silencio, una pared nacida del trauma que Irina había provocado.
Eryndor la seguía a unos pasos, vigilante, sin atreverse a acercarse demasiado. El bloqueo energético seguía activo, emanando de ella como un campo invisible de desesperación.
La joven dobló por una calle estrecha, respirando entrecortado. Una punzada la atravesó