Adara caminaba sin ver, sin sentir, sin pensar.
La ciudad se movía alrededor de ella como un reflejo torcido detrás de un cristal empañado. Las luces de los autos eran manchas, los sonidos se volvían ecos distantes. Todo parecía alejarse, como si alguien hubiera soltado la cuerda que la mantenía unida al mundo.
Su pecho ardía. Pero ya no era dolor emocional. No. Esto era distinto. Un latido irregular. Un pulso errático. Un retorcimiento interno que no tenía nombre.
Jazz gimió dentro de ella, d