La noche cayó sobre la manada Drakos como un velo húmedo y frío, pero Vladislav no sintió el alivio habitual que el silencio nocturno solía traerle. Desde el quiebre, desde ese vacío que le comprimía el pecho como una mano invisible, cada segundo parecía arrastrarlo hacia un abismo que ya no distinguía del todo.
Y fue ahí donde Irina encontró espacio para entrar.
Irina golpeó la puerta de la mansión con los nudillos temblorosos. Podría haber fingido seguridad. Podría haber entrado sin permiso, como solía hacer antes. Pero es ela noche escogió otra máscara.
Vulnerabilidad.
El arma más refinada de quienes saben que la empatía es una debilidad fácil de manipular.
Cuando Vlad abrió, ella estaba envuelta en una sudadera demasiado grande, el cabello suelto y húmedo como si hubiese llorado bajo la ducha.
—No quería molestar —dijo ella, bajando la mirada—. Solo… se siente demasiado silencioso allá afuera.
Vlad la observó, inexpresivo. La sombra que lo envolvía desde la grieta del vínculo pare