La noche cayó sobre la manada Drakos como un velo húmedo y frío, pero Vladislav no sintió el alivio habitual que el silencio nocturno solía traerle. Desde el quiebre, desde ese vacío que le comprimía el pecho como una mano invisible, cada segundo parecía arrastrarlo hacia un abismo que ya no distinguía del todo.
Y fue ahí donde Irina encontró espacio para entrar.
Irina golpeó la puerta de la mansión con los nudillos temblorosos. Podría haber fingido seguridad. Podría haber entrado sin permiso,