El interior de la ciudad élfica era como un sueño antiguo hecho realidad. Cada piedra, cada árbol, cada rincón parecía respirar historia y magia. Vladislav observaba con curiosidad, asombrado por la belleza de aquel lugar, pero al mismo tiempo sentía una creciente inquietud en su pecho. Había algo en el aire, una vibración en la tierra, que lo ponía en alerta. Contrario a sus vagos recuerdos de destrucción, la ciudad de los elfos estaba mucho más viva de lo que había imaginado.
Adara caminaba a