La noche después del ataque cayó sobre la casa de Curtea de Argeș como un manto de hierro. El silencio no era paz. Era el eco de la muerte que había rozado sus vidas.
Vladislav despertó de golpe, empapado en sudor, con el pecho ardiendo justo donde la hoja del arma blanca de Christian lo había atravesado. El recuerdo del filo, del olor a sangre y del grito de Adara rompiendo la oscuridad, volvió como una pesadilla viva a su cabeza.
Se llevó una mano al pecho. No había herida. No quedaba nada.