El reloj marcaba casi las diez de la mañana cuando Ionela irrumpió en el despacho de Adara, con su usual aire desinteresado. Sentada frente a su escritorio, alzó la vista, apenas sin inmutarse por la presencia de su amiga.
—Tengo que ir al juzgado —dijo Ionela sin más preámbulos, sacudiéndose la chaqueta con aire profesional—. Otro caso pendiente. No regreso hoy, pero nos vemos mañana, ¿sí?
Adara asintió en silencio, sumida en sus pensamientos, con los ojos fijos en los papeles sobre su escrito