La oscuridad del bosque envolvía a Adara como un manto, el suelo bajo sus pies se volvía cada vez más irregular, más empinado, pero no podía detenerse. No podía pensar en nada más que en huir, escapar de algo mucho más grande que ella misma. El crujir de las ramas rotas y el eco de sus pasos resonaban en la noche mientras su cuerpo, aún transformándose, corría con una agilidad que nunca había conocido. El aire, cargado de humedad, la acariciaba de una manera que nunca antes había experimentado.