De momento la oficina se sumió en un incómodo silencio, iluminada por los rayos del sol que se filtraban a través del vidrio que cubría la gran ventana. Adara, aturdida, se mantenía de pie, frente a Vladislav, más que frente a él, en sus brazos, por dentro su corazón golpeaba con una intensidad que no podía disimular. Él, inevitablemente pegado a ella por evitar que cayera ante el mareo que presentó, la sentía con intensidad y la miraba sin apartar los ojos, como si cada palabra que aún no decí