El amanecer caía suave sobre los árboles cuando Eryndor apareció junto a Adara.
Ella estaba en el claro, observando cómo la niebla se disolvía lentamente, sin sospechar lo que el elfo traía consigo.
El brillo usual en los ojos del elfo había desaparecido; en su lugar, una preocupación casi doliente, le surcaba el rostro.
—Adara —dijo con voz grave—. El equilibrio se ha roto otra vez. He sentido una perturbación en el vínculo que une tus tierras con las nuestras.
—Nunca más estuvo estable —respo