Vladislav llegó al complejo en una ráfaga de furia dorada.
Las naves industriales agonizaban entre humo y chispas; las sombras se contorsionaban con cada embate de su paso.
Eryndor apareció a su lado como un faro: calmado, pero con la mirada afilada como una hoja.
—¿Dónde está? —gruñó Vladislav, escaneando la oscuridad con ojos que ya no eran solo humanos.
—Más abajo —dijo Eryndor, apuntando a una trampilla corroída—. Siente el hilo mental que los ata. Está en la sala de rituales.
Abrieron la t