El refugio estaba envuelto en un silencio casi sagrado. La chimenea crepitaba en el rincón, lanzando destellos naranjas sobre las paredes de piedra que parecían absorber el calor con desgana. Afuera, la lluvia golpeaba con fuerza contra los ventanales, como si quisiera arrastrarlos a todos con su furia. Adara estaba sentada en el sofá cubriéndose con una manta áspera, pero aún temblaba, no de frío, sino del caos que ardía en su interior.
Vladislav la observaba en silencio, de pie junto a la ven