La habitación de Irina olía a perfume caro y a flores secas. Las cortinas de terciopelo, a medio correr, dejaban pasar un rayo mortecino de luz. Ella permanecía sentada en el borde de la cama, con una pierna escayolada cruzada sobre la otra y las manos inquietas, tamborileando contra la colcha bordada. El tiempo pasaba lento, y con cada segundo su frustración se volvía más punzante.
Le habían dado de alta y en todo ese día Vlad no había ido a verla ni llamado. Su rostro inflamado por las lacera