La noche había caído sobre el bosque con un silencio anormal. Una quietud casi líquida, pesada, como si el aire mismo se negara a moverse por miedo a aquello que acababa de despertar.
Irina salió de la cabaña de la bruja tambaleándose. Tenía la piel fría, el pulso acelerado, y dentro de su pecho… algo respiraba. Algo que no era ella.
La bruja se quedó en la puerta observándola como quien ve a una criatura destinada a romperse.
—No olvides lo que te dije —murmuró—. El vacío no es un poder. Es un