La bruja no tardó en aparecer en el claro donde Irina se arrodillaba, con el cuerpo inerte de Mihai entre los brazos. La pelirroja temblaba. No por culpa del frío, sino por la devastación que se expandía dentro de ella como una marea negra.
—Ayúdame —susurró Irina con la voz gastada—. No quiero que lo vean así. No quiero que sepan que fui yo… o que fue esto.
La bruja la observó con ese desprecio distante que siempre la acompañaba. No mostró sorpresa, tampoco pena. Solo movió los dedos en el aire.
La sombra dentro de Irina se agitó, complacida, arrastrándose por su columna como un animal que reconoce a su dueña.
—El precio es ese —dijo la bruja sin emoción—. Y debes cargarlo sola.
Irina bajó la mirada al rostro sin vida de Mihai. El vacío dentro de ella se retorció y algo parecido a un susurro ronco se filtró en su oído:
«Uno menos. Uno más para mí».
—Cállate… —murmuró, sintiendo cómo su respiración se quebraba.
La bruja extendió su mano sobre el cuerpo del joven. El aire se onduló, se