La noche devoraba el bosque cuando Adara cruzó la línea rota del escudo mágico.
Su respiración era un hilo tembloroso, y la magia violeta todavía chisporroteaba alrededor de su piel como brasas en un incendio apagado demasiado rápido.
Cada paso era una punzada. Cada recuerdo, una daga. La imagen de Vladislav arrodillado, sangrando en silencio, la perseguía… y aun así, no se detuvo.
El aire cambió. Se volvió más denso, más frío.
Una figura se formó entre los árboles.
—Adara… —La voz de Christian