Esa noche, Lucía no encontró a Dante.
Lo buscó. No a través del vínculo, que habría sido lo natural, lo instintivo. Lo buscó físicamente, de habitación en habitación, por los pasillos de piedra blanca de Arcadia que olían a flores y a trampa.
Lo encontró en el jardín.
De pie frente a una de las fuentes, mirando el agua. Las manos en los bolsillos. La espalda a ella.
El vínculo lo notó antes que sus pies: un silencio en el lazo. No ausencia, no rotura. Algo más delicado y más dañino. Distancia v