Yara llegó al amanecer.
No con anuncio, no con escolta visible, no con el protocolo que Lucía había empezado a asociar con los líderes de manada que sentían que el tamaño de su llegada comunicaba algo sobre su poder.
Llegó sola.
Una mujer baja, de hombros anchos y movimientos que tenían la quietud específica de algo que nunca desperdicia energía. Cabello oscuro recogido, piel cobriza, ojos del color del barro después de la lluvia: marrón con reflejos verdes. Lucía calculó mentalmente su edad en