La habitación que les asignaron olía a madera antigua y a algo que Lucía tardó en identificar.
Esperanza.
No la propia. La de otros. Capas y capas de gente que había estado en esa misma estancia queriendo creer en lo que Ariel prometía, impregnadas en las paredes como un residuo invisible.
No durmió.
Nadie durmió.
Sera patrulló el perímetro de la habitación durante tres horas seguidas. Marina se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y la mente proyectada hacia adelante, buscando peligros i