Patricia Valdés.
Mi prima.
La pistola no temblaba en su mano. Sus ojos azules —tan diferentes a los míos, pero con algo familiar en su profundidad— estaban fijos en mi pecho.
—No quiero hacer esto —dijo—. Pero Morrison tiene a mi hijo. Tiene a Diego. Si no te entrego...
—Lo matará igual. —Elena habló con una certeza que heló el aire—. El hombre malo no cumple sus promesas. Lo veo en sus pensamientos. Tu hijo ya está muerto.
Patricia palideció.
—Mientes.
—Nunca miento. —La niña dio un paso adela