Morrison no luchaba.
Eso debería haberme preocupado, pero el dolor en mi cráneo consumía toda mi capacidad de análisis. La esencia de luna ardía en mis venas, potenciando mis sentidos hasta el límite de lo soportable mientras simultáneamente me destruía desde dentro.
Sangre goteaba de mi nariz. Podía sentirla caliente sobre mi labio superior.
—Te estás matando —observó Morrison mientras lo arrastraba por el pasillo—. El don de los Valdés consume glucosa cerebral a una velocidad insostenible. Si