No amenazaba.
Eso era lo que Lucía supo en el instante en que Ariel terminó de hablar. Lo había aprendido en cuarenta y ocho horas de observarlo: Ariel no amenazaba. Ariel describía lo que haría.
La diferencia era la misma que entre una tormenta que se anunciaba y la lluvia cayendo ya.
—No. —La palabra salió sola, limpia, sin dudar.
Ariel la miró.
—Es tu última oportunidad voluntaria.
—No.
Ariel inclinó la cabeza levemente, como aceptando el resultado de un experimento que ya había predicho.
Y