La lancha rápida salió del fiordo a las cinco y cuarenta y dos de la mañana.
No había amanecido todavía.
El cielo sobre Tierra del Fuego era el azul muy oscuro de antes del gris, y el agua del Canal Beagle estaba lisa como metal bruñido bajo la proa de la embarcación. El motor era de los que se diseñaron para no hacer ruido, del tipo que Doménica había adquirido para situaciones exactamente como esta y que ahora resultaba que existían.
Cinco personas.
Dante en la proa, mirando el horizonte con