La lluvia había cesado al amanecer, pero el olor a tierra húmeda aún flotaba en el aire, espeso como una respiración contenida. Elia despertó con el cuerpo tibio y el cuaderno apretado contra el pecho, como si durante la noche se hubiera aferrado a él para no disolverse. La ventana entreabierta dejaba entrar la luz grisácea del día, una claridad que no era alegre pero tampoco triste: era la luz de los días en que algo empieza.
Al incorporarse, sintió el leve tirón de los hilos en su muñeca. El