El regreso a la cabaña fue silencioso, pero no pesado. Elia sentía que sus pasos eran acompasados por un ritmo antiguo, como si el bosque ya conociera su andar. En su pecho, la espiral de hilos que le habían entregado las hilanderas seguía latiendo, apenas perceptible, como un murmullo que la tierra no dejaba de pronunciar. Algo en ella se había soltado, como si el silencio finalmente supiera hacia dónde ir.
Al entrar, Lena ya los esperaba. No en la cocina, ni sentada junto al fuego, sino de pi