La mañana se alzó sin urgencia, como si el tiempo hubiera decidido observar antes de avanzar. La luz filtrada entre los árboles era tenue, como si temiera interrumpir algo sagrado. Elia despertó sin sobresalto, con el cuerpo en calma y la piel tibia. Su marca seguía visible en el pecho, no como una herida, sino como un remanso. Lentamente, se incorporó y buscó con la mirada a Riven, que ya estaba de pie, mirando hacia el este como si esperara una señal que solo él podía entender.
Lena no estaba