La noche descendía sin prisa, como si quisiera testificar lo que estaba por ocurrir. Las nubes se abrían paso dejando que la luna menguante, pálida y firme, derramara su luz como un velo de plata sobre el claro. Elia sintió el aire distinto: denso, lleno de presagios, pero también de algo más antiguo que el miedo. Algo que la llamaba desde dentro de la piel.
Habían caminado juntos hasta el límite del bosque, más allá del fresno. Riven guiaba sin hablar, pero cada paso que daba era como una afir