El sueño comenzó con un crujido.
No un sonido, sino una grieta en la textura misma del silencio. Elia abrió los ojos dentro del sueño, pero no estaba dormida. Estaba en el claro. Pero no como era ahora. El claro estaba cubierto de niebla violeta, espesa como humo detenido. Olía a algo dulce y mineral, como savia cocida al sol. La luna no brillaba desde el cielo: latía desde la tierra, como si algo enterrado palpitara con cada respiración. El suelo bajo sus pies era esponjoso y húmedo, como una