Ariana
El frío no se va. Está metido en mis huesos, como si mi cuerpo supiera que ya no hay nada a lo que aferrarse.
La lluvia me ha seguido como un mal presagio desde que salí de su habitación. Me repetía que no iba a llorar, que no iba a mirar atrás, que no iba a arrastrar mi orgullo por el suelo por alguien que vendió a mi familia como si fueran piezas de ajedrez. Pero aquí estoy, con la ropa empapada, el alma en ruinas y el corazón apretado como un nudo imposible.
No puedo volver a casa. No