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Ariana

Lo primero que sentí al abrir la puerta fue su aroma. Ese inconfundible olor a madera quemada, cuero, y una pizca de pecado. Killian. No había pasado ni un segundo y ya mi cuerpo lo reconocía. Era como si mis células se encendieran al compás de su presencia, como si todo mi ser supiera que había vuelto a casa.

La diferencia esta vez era que no había odio en mí. Ni rabia. Ni siquiera miedo. Solo una calma extraña, como la brisa después de una tormenta arrasadora. Había vuelto. No porque m
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